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La final de las botellas

El 11 de Julio de 1968 el Barcelona y el Real Madrid se enfrentaron en la final de copa. Había una enorme presión ambiental, ya que los madridistas consideraban que el árbitro mallorquín Antonio Rigo, era probarcelonista, y todo por que había concedido al Barça un penalti en la semifinal contra el Atlético.
El Barça jugó aquel 11 de Julio con: Sadurni, Torres, Gallego, Eladio, Zabalza, Fuste, Rifé, Zaldúa, Mendonça, Pereda y Rexach.
Por el Madrid jugaron: Betancort, Miera, Zunzunegui, Sanchís, Pirri, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, José Luis, M. Pérez
Aquel día, el Real Madrid y el Barça disputaban la final de la “Copa del Generalísimo” y el conjunto blanco, que quería lograr el doblete tras conquistar el título de Liga, partía como claro favorito teniendo en cuenta la ventaja que suponía jugar el partido decisivo de esta competición ante su público.
A pesar de ello, el equipo barcelonista salió muy mentalizado al terreno de juego y supo sobreponerse a esta circunstancia. Así, al poco de empezar el partido, en el minuto seis, un centro de Rifé que fue desviado por el madridista Zunzunegui al fondo de su propia portería, suponía el 0 a 1. Los hombres de Salvador Artigas controlaron totalmente el encuentro y con este resultado se llegó al final de los 90 minutos. Aunque el nerviosismo del publico estalló al no castigar con penalti una caída de Serena en el área culé. A partir de aquel momento no dejaron de caer cientos de botellas sobre el terreno de juego, aunque la entereza de los jugadores azulgrana posibilito que el trofeo, aunque abollado, llegara a la Plaza Sant Jaume. El Barcelona había conseguido uno de sus títulos más difíciles, como verificaba la anécdota que contaría años más tarde el presidente Narcis de Carreras:
"En el palco presidencial estaban Franco y su mujer (Pilar), el Ministro de la Gobernación y su mujer, Samaranch y su mujer, Bernabéu...
La mujer de Samaranch, María Teresa Salisachs que es barcelonista a diferencia de su marido, que es del Espanyol, me dio un beso de satisfacción... pero la señora del Ministro de la Gobernación, que se llamaba Ramona, se acercó a Bernabéu:
- Santiago, hemos perdido que desgracia"
su marido, el Ministro, le dijo:
- Ramona, felicita al presidente del Barcelona"
Y ella..
- Ah si, si, claro, le felicito porque Barcelona también es España ¿no?
Y yo le contesté a la señora:
-No jodamos, señora, no jodamos...

Desde aquella final ganada por el Barça se prohibió la venta de botellas de vidrio en los campos españoles.

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A veces los relatores dicen: “corre cada pelota como si fuera la última”. Pienso yo, debe jugar muy mal con esa desesperación, esa crispación. No, viejo, debe correr cada pelota como lo que cada pelota es. Si es la primera, como la primera, y si es la última, como la última. Porque si no es la última por ahí hay más tiempo, más paciencia.

(ALEJANDRO DOLINA, escritor y periodista argentino)

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Es absurda la pregunta sobre el mejor jugador del siglo. Sólo existe una respuesta: Pelé, que es el más grande y los demás se encuentran a mucha distancia de él.

(ZICO, opinando sobre la legendaria figura de la selección brasileña)

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El fútbol y la utopía


Hace diez días empezó la gran fiesta. En todas las regiones del mundo, millones de hombres participan del gran espectáculo: el campeonato mundial de fútbol. Durante los partidos la vida cotidiana se interrumpe. Hay que robarle el mayor tiempo al trabajo o al sueño, para sumergirse en otro mundo que la televisión nos brinda. Pocos son inmunes a su hechizo; aún quienes no son aficionados habituales al deporte, participan por unas semanas del mismo contagio, a reserva del olvidarse del juego, terminado el campeonato. ¿Hay un secreto de esa fascinación colectiva?

Se ha dicho hasta el cansancio: el deporte, promovido oficialmente en gran escala, sirve para desviar a los pueblos de sus problemas reales. Permite que se olviden de sus carencias, de la explotación, de la servidumbre; encauza los impulsos rebeldes hacia un campo de lucha políticamente neutro. Por ello es un instrumento que ayuda a mantener una situación de dominio, conservando satisfechos a los siervos: Pan et cirquenses. Desde antiguo, los gobernantes se percataron de su utilidad para mantener en paz a las masas. En ese sentido, el deporte en gran escala favorece la huida de la realidad, ayuda a volverle la espalda. Sería el nuevo "opio de los pueblos".

Todo eso es cierto. Pero nada humano suele ser tan sencillo; a menudo, tras la dimensión aparente puede descubrirse otra más profunda. Después de todo, el opio no sólo adormece, también despierta el sentido para percibir formas nuevas, posibilidades más ricas de los objetos. Quisiera hoy asomarme a esa otra dimensión del juego, aunque sólo sea por el gozo de romper una lanza a favor del bello espectáculo.

Nuestra época es, como pocas, violenta y represiva. La ansiedad, el temor, el desencanto, amenazan continuamente nuestras vidas. Los grandes valores colectivos se desdoran y muchos se preguntan si la vida no carece de sentido. La sociedad moderna, represiva y vacía, está permeada por un sordo nihilismo.

Frente a esa realidad, el juego nos ofrece un gran respiro. Al través de las pantallas aparece otro espacio y otro tiempo. En la duración cotidiana se ha abierto un paréntesis. La reemplaza una temporalidad con un inicio y un término precisos, con una trama coherente y ordenada, con un sentido claro: el campeonato. En ella todo transcurre según reglas, todo tiene un fin y un propósito: en el espacio-tiempo del juego, la represión y el vacío han terminado. Los sustituye el gozo de los cuerpos en libertad, el entusiasmo de la contienda, los destellos de ritmo y de armonía. Sí, huimos de nuestra realidad cotidiana -violenta y represiva-, pero vislumbramos también la posibilidad de una realidad distinta.

Cada año, los pueblos primitivos tenían un lapso de tiempo en que la vida cotidiana quedaba en suspenso. Todas las actividades detenían su curso normal. Las leyes, los tabúes de la moral convencional dejaban de regir en ese lapso; en su lugar, se instauraba la espontaneidad, la libertad y el gozo colectivos. Todo el sistema de represión y dominio estaba suspendido, las jerarquías sociales se trastocaban, el amo se volvía siervo, el siervo, rey. En esos días,, los dioses descendían a la Tierra. Venían a dar nueva vida, a instaurar un nuevo ciclo histórico. Su presencia se celebraba en ritos. La sociedad no podía subsistir sin esos días. En ellos se recreaba periódicamente a sí misma. Pero cuando terminaban, todo volvía a su cauce; el orden y la represión se imponían de nuevo sobre el espacio-tiempo libre del rito. Los antropólogos han bautizado a ese lapso con un nombre: la "Fiesta".

Pues bien, los grandes sucesos deportivos mundiales, el campeonato de futbol, las olimpiadas, tienen algo de la Fiesta primitiva. Podrían considerarse como una versión desacralizada, al alcance de las grandes masas, que cumple, en la sociedad tecnificada y enajenada en el consumo, una función, en algunos puntos análoga, a la que cumplía la Fiesta en los pueblos primitivos.

El campeonato mundial se desarrolla en una unidad espacio-temporal que se inserta, como un paréntesis, en la vida cotidiana. En ella las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse. Naciones pequeñas y sumisas tienen la misma oportunidad que países poderosos. Un espectador de África o de Sudamérica puede tener la sensación, es ese lapso, de que su nación supera a las más fuertes. Un modesto portero haitiano puede, en un instante privilegiado, brillar ante los ojos del mundo; un país dependiente y atrasado puede actuar en señor de sus poderosos amos. Los órdenes de dominio reales, mantenidos por siglos, pueden trastocarse; la igualdad parece reinar en vez del dominio.

En el espacio-tiempo del campeonato quedan suspendidas también las reglas represivas de la sociedad cotidiana. Rigen, en cambio, otras. Ya no valen la riqueza, ni la arbitrariedad del poder, ni la violencia. Priva, en cambio, la agilidad, la habilidad y la gracia, dotes que cualquiera, dominante o dominado, puede poseer. A la competencia basada en la fuerza del poder, en el que el pequeño necesariamente se humilla o sucumbe, sucede otra en que sólo vence la inteligencia, el arrojo, la habilidad y el arte.

En ese espacio-tiempo se manifiesta un nuevo tipo de libertad. Frente a la rigidez de las actitudes convencionales de la sociedad represiva, se despliega la espontaneidad de los movimientos del cuerpo en libertad. En el césped hace su presencia la vitalidad corporal, desatada de las ligas que la entorpecen: se expresa en el vigor del impulso, en el ritmo de los movimientos, en la inventiva del juego creador. En el espacio cerrado de la cancha, se escenifica un rito, un rito que evoca la energía vital, el goce del movimiento libre, el entusiasmo de vivir. De pronto, en un pedazo de hierba, se desarrolla ante nuestros ojos un tejido de movimientos concordes; el vigor de la vida está allí, la gracia ilumina el espacio... como si los dioses hubieran de nuevo descendido a la Tierra.

El espacio-tiempo del deporte, como el de la Fiesta antigua, nos hace vislumbrar otra realidad posible. Una realidad humana donde, en lugar de la represión y el poder, rigieran la igualdad, la espontaneidad, la alegría de vivir, la belleza; un mundo donde el trabajo enajenado y la ansiedad serían reemplazados por la creatividad del juego estético.

Un mundo semejante pertenece a la utopía. Con todo, el enorme desarrollo de la ciencia y de la técnica lo ha puesto a nuestro alcance. Nunca la humanidad ha estado tan cerca de alcanzar una sociedad donde el trabajo enajenado dejara lugar al ocio creador; una sociedad donde ya no fueran necesarios los tabúes morales represivos y, en vez de ellos, rigieran reglas de convivencia destinadas a favorecer el desarrollo vital, libre, de los hombres; una sociedad cuyo valor máximo no fuera el rendimiento, ni el poder, sino la alegría de vivir, la espontaneidad y la belleza; una sociedad, en suma, donde la represión y la violencia fueran sustituidas por el gozo y la libertad.

En el seno de la sociedad represiva, el gran espectáculo deportivo nos ofrece un símbolo confuso de otra posibilidad de vida humana. Es como una alegoría de otro mundo posible, como un vislumbre oscuro, en imagen, de la utopía. En eso consiste quizás su más profundo atractivo.


(texto del escritor mexicano Luis Villoro publicado en el diario “Excelsior” del 22 de Junio de 1974, en ocasión del Campeonato Mundial de Fútbol que en ese año se realizó en Alemania. También publicado en su libro “Signos políticos”, México, Grijalbo, 1974)

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-¿Qué piensa del fútbol de las categorías de ascenso?

-Que tiene algo de pintoresco, que conserva esto de ir a Zárate a ver a un equipo o ir la cancha de Cambaceres o de Laferrere. Pero en realidad, los dirigentes son iguales. Dicen: No hacen nada por el ascenso, y después son los primeros en entregarle el club a cualquiera. A mí me quisieron de técnico en un club. ¿Sabés qué me dijeron? Ruso, conseguí un sponsor que te pague el sueldo y te damos la llave. ¡Sí, tomá!, me dan la llave y seguro que cuando la voy a poner no queda ni la cerradura. Después, andá a hacerles entender a los cincuenta tipos que van con las banderas que querés hacer un proyecto a largo plazo.

-¿Pero no hay una mística especial en el ascenso?

-Sí, en ese sentido me acuerdo de que en la cancha de Riestra, por ejemplo, las gallinas te picaban los botines. Quiero decir, el fútbol de ascenso tiene una gran parte de fantasía, pero tiene otra realidad que está más cercana a lo macabro, a la gran mentira del fútbol.

(NORBERTO "Ruso" VEREA, ex arquero del ascenso argentino, columnista en programas de radio y TV, en declaraciones al diario "Página12" del domingo 31 de Agosto de 2003)

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El misterio del futbol reside en la inagotable variedad de los hombres, y es por la diferencia que de ello resulta que la maravilla se renovará siempre... ¿Existe una encarnación más irrefutable de la nobleza prometida a todo hombre?

(VLADIMIR DIMITRIJEVIC, escritor serbio, en su libro “La vida es un balón redondo”)

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Nadie va a lograr pararlo en la cancha y él va a anotar en todos los partidos. Adriano, si permanece 30 días sin beber, es un fuera de serie.

(JUVENAL JUVENCIO, Presidente del San Pablo, en declaraciones a la página electrónica del diario "O Globo" del pasado jueves opinando sobre la nueva contratación del Flamengo)

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Ritual de resurrección (Sergio Villaverde - Uruguay)


A Alfredo Bello


Había levantado la enclenque estantería recostándola nuevamente contra la pared. Estaba agachado en el metro que la separaba del mostrador, cada vez más destartalado, donde seguían en pie y vacías las tres copas que habían servido al rubio ese y a sus dos ocasionales acompañantes. Era en esa parte de la ceremonia, mientras hacía el cuidadoso recuento de lo perdido, separando vidrios y botellas rotas, secando a medias dos paquetes de puerto rico y abriendo un tercero con el tabaco empapado en grappa, cuando lo asaltaba el impulso de fijar la estantería a la pared con dos clavos largos, suprimiendo definitivamente las condiciones del ritual de su resurrección. Él sabía que todo sería irrepetible si no seguía suelta, y dejaba que ese impulso se alejase poco a poco, junto con las risas del rubio ese y sus amigos en la puerta del bolichito, mientras se iba sumiendo lentamente en la tumba de su cotidianidad. Un tiempo muerto, indefinido, en el que Casella despachaba sombras acodadas que de vez en vez llegaban a mitigar, masticando sorbos, el tedio de la tarde.

Muy espaciadamente recibía la visita de los agentes viajeros que reponían en la estantería los vacíos de sus menguadas ventas.

Casella no esperaba nada ni a nadie, pero no podía reprimir aquel rumor que sentía en el estómago y en las piernas cuando el rubio ese de carrau, siempre con renovados acólitos, emergía del polvo de la calle, para, una vez salvado los gestos formales, instalarse en el ámbito que reiniciaba los actos y discursos de su extraño sacerdocio.

Era siempre en la tercera vuelta cuando el rubio ese, recostándose de lado al mostrador, dejando a su espalda la foto enmarcada que colgaba triste en la pared del bolichito, levantaba la copa de paredes gruesas y culo espeso y mirando el infinito a través del vidrio y de la grappa preguntaba:

- ¿Usté estuvo en Montevideo...no...?

- Si... hace años... - contestaba Casella, sabiendo que el tiempo le daba, apenas, para llegar en el veinte por la bajada de Carlos María Ramírez, el motorman sembrando arena en las vías para sofrenar aquel bólido bamboleante que se detenía chirriando a pocos metros del puente del Pantanoso, que abriéndose morosamente , daba paso a las chatas que entraban a las aguas espesas de la bahía; o para caminar por Suiza, antes del sol, la gorra hasta las orejas y el cuello de la campera levantado, saludando a los que se iban descolgando de aquellas calles empinadas, todos rumbo a las chimeneas del suif, que quemaban sin parar turno tras turno; o para trepar por la cuesta de Viacaba con el mate, el termo y los amigos, bajo la sombra de los paraísos, adueñándose, desde arriba, de la ciudad que se perdía, verde y gris, hacia el este.

Hasta que el rubio ese bajaba el cáliz, lo apoyaba en el mostrador y mirándolo a los ojos le inquiría:

- ¿Usté jugó al fútbol... no...?- Casella con una sonrisa atisbada, giraba un poco la cabeza y sin levantar las manos del mostrador, con un gesto de la pera decía: - Sí ... en Rampla... - señalando aquel cuadrito en la pared, el rojo y el verde pintados a mano sobre la foto gris, mientras rompía la pose para los fotógrafos y se iban a pelotear al arco de abajo; gringos, rusos y canarios, que venían del frío del nacional, de la sangre de la playa de matanza del Artigas o de aguantar remaches en el varadero. Y Casella, de batrasado se apoderaba del área, mientras atrás del mostrador sentía los tobillos firmes, le desaparecía aquel dolor en la cadera, la sangre trepándose a la cabeza, regándole el cuerpo con una leve excitación; momento en que el rubio ese, girando la grappa entre los dedos todavía con un fondito, mirando el cuadro le decía:

- ¿Y llegó a jugar en el Estadio?

-Sí... contra Nacional... - Casella ya en el túnel, y entraba corriendo hacia el medio a saludar, mirando nada, y apenas respiraba cuando entró Nacional y después, cuando aquella tromba de bigotes le metió el codo en los riñones en el primer centro.

-Yo marqué a Atilio... - agregaba Casella apretando los dientes, los puños cerrados, los ojos desorbitados, detrás del mostrador esperaba el centro bien plantado y saltaba y cabeceaba otra vez y la ventaba lejos de boleo y entonces toda la Villa lo conocía, todos lo saludaban, y se juntaban seis o siete y a las carcajadas en dos taxis, bordeaban la bahía hasta el bajo, y cerraban el mulín o el ancla y ya de vuelta amanecían en los ranchos de la playa... y el rubio ese, con el último buche de grappa, clavaba, también, su última estocada:

-¿Y... cuántos goles hizo Atilio...?

-Ninguno... empatamos cero a cero... - contesta Casella, que le ganó por alto toda la tarde, hasta que sobre el final, Atilio recibe al borde del área una pelota rastrera y de empeine se la levanta por arriba del moño, y Casella la huele al pasar, y el estadio casi se viene abajo, y se viene abajo nomás cuando, con Atilio ya en su espalda, se apoya en la zurda y estirando hacia atrás la derecha detrás del mostrador, -la saqué de taco- dice Casella, en la plenitud de su vida recobrada, en el vértice de su gloria rediviva, enganchando la estantería que se le viene encima con un estrépito de botellas y el Cerro se va ensombreciendo, el suif se recorta como un fantasma gigante y solitario contra el gris del cielo, las aguas de la bahía van pudriendo las embarcaciones en el varadero callado y quieto, y el rubio ese explota en risotadas que festejan la culminación de la ceremonia, mientras Casella levanta la estantería y se agacha detrás del mostrador, sintiendo, una vez más, aquel impulso de fijarla con dos clavos largos...


(Cuento incluido en el libro "Mientras voy cayendo" (Orbe, Montevideo, 2006)

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Un camarero de la ciudad de Liverpool, con un increíble parecido al futbolista español Fernando Torres, fue utilizado como doble del delantero del equipo local, para realizar las campañas publicitarias.
El muchacho se llama Joshus Orr, tiene 19 años y trabaja sirviendo cenas en el restaurante ‘The Gailery Bar and Grill’, en Fromby, una aldea cercana a Liverpool.
Orr, de asombrosa similitud física con el "Niño" Torres, fue contratado por una productora de publicidad para que a través de su imagen, como clon del famoso futbolista, pudiera ganarse un buen dinero para un cliente de una empresa española, haciendo más fácil la tarea del "original" Torres.
"Hago de su doble en algunos planos largos, jugando al tenis o fingiendo que soy un adiestrador de perros", expresó el joven de Liverpool.
"Nos llevamos muy bien, pero claro que no tengo su talento como futbolista, y mucho menos su salario ni su cuenta bancaria", puntualizó Orr jocosamente.
Pero de todas formas, con su trabajo extra, el camarero del bar de Fromby, pudo tener un desahogo económico, el que le permitió cambiar su viejo modelo de automóvil. Algo es algo.

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Decir que pagaron para ver a 22 mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa, y Hamlet, papel y tinta.

(JOHN BOYNTON PRIESTLEY 1894-1984, escritor, dramaturgo y locutor británico)

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Messi es un jugador muy particular y casi único, ya que sin contar con un gran físico está entre los mejores del mundo en un fútbol cada vez más muscular.

(KAKÁ, internacional brasileño, en entrevista con el diario italiano "La Repubblica" del 08/05/09)

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El último partido de Rosendo Bottaro (Alejandro Dolina - Argentina)


Había jugado muchos años en Primera. Ahora, los muchachos lo habían convencido para que integrara un cuadro de barrio en un torneo nocturno.

-Con usted Bottaro no podemos perder.

Bottaro no era un pibe, pero tenía clase. Confiaba en su toque, en su gambeta corta, en su tiro certero.

Su aparición en la cancha mereció algún comentario erudito:

-Ese es Bottaro, el que jugó en Ferro, o en Lanús...

Se permitió el lujo de unos malabarismos truncos antes de empezar el partido.

La noche era oscura y fría. Las tristes luces de la cancha de Urquiza dejaban amplias llanuras de tinieblas donde los wines hacían maniobras invisibles.

En la primera jugada, Bottaro comprendió que estaba viejo. Llegó tarde, y él sabía que la tardanza es lo que denuncia a los mediocres: los cracks llegan a tiempo o no se arriesgan.

Pero no se achicó. Fue a buscar juego más atrás y no tuvo suerte. Se mezcló con los delanteros buscando algún cabezazo y la pelota volaba siempre alto.

Apeló a su pasta de organizador: gritó con firmeza pidiendo calma o preanunciando jugadas, pero sus vaticinios no se cumplieron. Ya en el segundo tiempo, dejó pasar magistralmente una pelota entre sus piernas pero el que lo acompañaba no entendió la agudeza.

Después se sintió cansado. Oyó algunas burlas desde la escasa tribuna. En los últimos minutos no se vio. A decir verdad, cuando terminó el partido, ya no estaba. Lo buscaron para que devolviera su camiseta, pero el hombre había desaparecido.

Algunos pensaron que se había extraviado en las sombras del lateral derecho.

Esa noche, unos chicos que vendían caramelos en la estación vieron pasar por el caminito de carbonilla a un hombre canoso vestido con casaca roja y pantalón corto.

Dicen que iba llorando.

Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras de una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre el fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de papel y tinta.

¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo!

El fútbol es -yo también lo creo- el juego perfecto.

Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales, conviene decirlo apasionadamente.

Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo con homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, excelentísimos de Diego Maradona.

(extraído del libro “Crónicas del ángel gris”)

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Los finalistas de la Copa Libertadores de América en su edición de 1965, fueron Independiente de Avellaneda (foto) y Peñarol de Montevideo.
El primer partido se disputó en el estadio de los rojos el 9 de Abril de 1965. Los equipos formaron así: Independiente: Santoro; Ferreiro, Navarro, Guzmán y Decaria; Mura, Acevedo y Savoy; Bernao, Suárez (De la Mata) y Avallay.
Peñarol: Mazurkiewicz; Forlán, Pérez, Várela y Caetano; Ledesma, Goncálvez, Rocha y Silva; Sasía y Joya.
Esa primera final la ganó Independiente por 1 a 0, con gol de Bernao, pero los historiadores la recuerdan por una insólita acción del uruguayo Sasía, cuando para aprovechar mejor un tiro de esquina a favor de Peñarol, se le ocurrió la picardía de recoger tierra de la cancha para arrojársela al arquero Santoro cuando se disponía a cortar el centro.
Afortunadamente, el árbitro peruano Arturo Yamasaki observó la ocurrencia del ‘Pepe’ Sasía y Peñarol se quedó con 10 jugadores.
La revancha se disputó el 12 de Abril en el estadio Centenario y allí los locales vencieron por 3 a 1
Se debió jugar un partido desempate en Santiago de Chile, donde Independiente, el 15 de Abril, cumplió una tarea descollante venciendo por 4 a 1.
Fue la segunda Copa Libertadores de los rojos. La "tierrita" de Sasía que perjudicó al equipo uruguayo, provocó que los dirigentes de Peñarol, indignados, lo transfirieran a Rosario Central.

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Le dabas una patada, y él te la devolvía. Pero no decía nada, y esperaba que tú no dijeras nada tampoco.

(PATRICK VIEIRA, internacional francés de origen senegalés, recordando sus duelos con el duro Roy Keane)

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Llegar a la final de la Liga de Campeones es uno de mis mayores sueños. Sin embargo, independientemente de mi decepción, no sirve de excusa para mi comportamiento. Quiero pedir disculpas. Me encanta este club y me sentí muy decepcionado al perder frente al Manchester.

(NICKLAS BENDTNER, futbolista danés del Arsenal, al ser retirado de un boliche nocturno totalmente borracho con los pantalones bajos y el calzoncillo a la vista, tras la eliminación del martes pasado ante el Manchester United)

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Fabio Santos (Fabricio Manohead - Brasil)

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Somos del Betis (Anti Benavente - España)

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En la famosa final del Primer Campeonato del Mundo (1930, Montevideo, Uruguay 4-Argentina 2) se hicieron muchas novelas. La verdad, al margen del triunfo uruguayo, justo, es que si nosotros jugábamos con 14 no hubiésemos perdido. Luis Monti no quería jugar por las amenazas. Los dirigentes lo obligaron. Francisco Varallo reaparecía luego de una distensión muscular y a los 20 minutos se resintió. Cuando Uruguay marcó el 2 a 2, el arquero Juan Botasso chocó y quedó lesionado. No pudo levantar más los brazos. Claro está: con 14 jugadores podríamos haber sido nosotros los campeones del mundo, pero jugamos solamente con ocho...

(CARLOS PEUCELLE, puntero derecho de River Plate en los años 30 y partícipe de la Final de la Copa del Mundo de 1930)

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En mi primer día como seleccionador escocés, tuve que cancelar una sesión porque nadie le podía quitar el balón a Jimmy Johnstone.

(TOMMY DOCHERTY, entrenador escocés, opinando sobre su habilidoso compatriota)

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Ahora he descubierto que incluso un terrone puede ser amado.

(SALVATORE "Totó" SCHILLACI, opinando durante el Mundial 1990 donde tuvo el mejor momento de su carrera. Terrone: término despectivo que emplea el norte de Italia para los habitantes del sur del país)

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Juguetes de fútbol y alegría (Sergio Faus - Argentina)


Embajador de los pobres
defensor de lo justo,
humilló a ricos y poderosos
no dándoles el gusto.

Nordaca Europa poderosa
xenófoba y dañina,
te desafió un hijo de la preciosa
sudaca tierra Argentina.

Por su Patria se ha entregado
con sobredosis de fiereza
y con morocha hidalguía
regaló a los necesitados,
con maestría, con grandeza,
juguetes de fútbol y alegría.

Hay un faro que lo guía,
lo acompaña, lo ilumina,
son dos luces, dos bellezas,
sus queridísimas Dalma y Yanina.

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Como suele ocurrir entre el Madrid y el Barça, la exasperación y la histeria se las ha trasladado el segundo al primero, y el primero le ha contagiado el aplomo al segundo. Ambos clubes, mientras tanto, se han hecho más antipáticos. El Madrid se asemeja demasiado a una empresa a la que importan enormemente los beneficios y escasamente lo que ocurre en el césped y en las gradas. En cuanto al Barça, se ha convertido ya del todo en el equipo oficial de la Generalitat, y todo equipo de los gobernantes es, por así decirlo, un equipo sin alma, usurpado.

(JAVIER MARÍAS, escritor, traductor y editor español; miembro de la Real Academia Española, opinando en el Diario español "El País" -19/11/05-)

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Campo está lleno. Jugadores no disfrutan con juego. Césped está con agua y eso no ser bueno.

(RADOMIR ANTIC, ex jugador y entrenador serbio, en 1997, practicando castellano mientras dirigía al Atlético de Madrid)

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Tuve un miedo terrible. Perdimos el Mundial, pero yo gané otra copa, la copa de la vida.

(RONALDO, tras la final perdida en Francia 1998)

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José Ángel Iribar: el mayor símbolo del Athletic Club de Bilbao


Nacido el 1º de Marzo de 1943, José Ángel Iribar hizo disfrutar durante 18 gloriosas temporadas a los aficionados del Athletic de Bilbao con grandes actuaciones. Es, sin duda, el portero al que todos los jóvenes arqueros que pasan por Lezama admiran y desean superar.

Originario de Zarautz comenzó a jugar al fútbol en la playa y se le bautizó con el mote de "El Txopo", por su estilo bajo palos y su inconfundible figura. Jugó desde joven en las categorías inferiores del Athletic hasta 1962, año en el que pasa a formar parte de la primera plantilla.

Debutó en la Primera división española el 23 de Septiembre de 1962 en el partido Málaga 2-Athletic 0. En la temporada 69-70 consigue el Trofeo Zamora al encajar 20 goles en 30 partidos. Ha jugado un total de 466 partidos en Primera división, convirtiéndose en el jugador del Athletic que más partidos ha disputado.

En 1980 se retira de los terrenos de juego y pasa a entrenar a las categorías inferiores de su club. Con el Bilbao Athletic consiguió el segundo puesto de la Segunda División en la temporada 83-84, el puesto más alto conseguido en la historia del filial. En la temporada 86-87 fue el entrenador de la primera plantilla del Athletic.

Curiosamente cuando jugaba en el Zarautz juvenil, los "ojeadores" de la Real Sociedad acudieron a verle. Era una oportunidad única para Iribar de dar un gran paso en su carrera, pero al bueno de "El Txopo" le pudo la presión. Jugó muy nervioso y la Real, afortunadamente para los aficionados del Athletic desestimó su fichaje y él, descorazonado, recordó después que "en aquel momento, me ví más tornero que nunca", puesto que tenía la sensación de haber dejado pasar el gran tren de su vida. Algo que, como todos sabemos, no fue así.

Tras su paso por el Zarautz ingresó en las filas del Baskonia donde no tardó en llamar la atención de varios equipos de Primera División. El legendario Gaínza se había hecho con sus derechos y tanto Valencia como Zaragoza estaban interesados en hacerse con sus servicios, pero su padre le aconsejó que firmara por el Athletic. El conjunto vasco pagó por él un millón de pesetas en 1962. ¡Una cifra récord para la época!

Llegó al Athletic con la difícil misión de sustituir al querido y legendario Carmelo Cedrún, pero en su primera oportunidad "El Txopo" dejó constancia de que la cantera vasca es la mejor cantera de guardametas y puso el listón muy alto, a la altura de los míticos guardametas de la historia del fútbol. Su debut con la zamarra del Athletic se produjo el 23 de Septiembre de 1962 en Málaga. Su primer partido en San Mamés fue el 30 de Septiembre del mismo año contra el Elche.

Llegó al Athletic con la difícil misión de sustituir al querido y legendario Carmelo Cedrún, pero en su primera oportunidad "El Txopo" dejó constancia de que la cantera vasca es la mejor cantera de guardametas y puso el listón muy alto, a la altura de los míticos guardametas de la historia del fútbol. Su debut con la zamarra del Athletic se produjo el 23 de Septiembre de 1962 en Málaga. Su primer partido en San Mamés fue el 30 de Septiembre del mismo año contra el Elche.

Aparte del histórico triunfo con España en 1964 al ganar la Eurocopa, en la historia de toda leyenda del deporte siempre hay una fecha clave. Titular indiscutible en su club y en la selección. La actuación memorable que abre las puertas de la inmortalidad para Iribar fue el 29 de mayo de 1966. Aquella tarde la historia cambió, el Athletic se jugaba el título de Copa ante el Real Zaragoza en el Santiago Bernabéu.

El conjunto vasco llegaba a la cita diezmado por las lesiones, lo que obligó al técnico "Piru" Gainza a improvisar un once inédito. Enfrente, estaba el Zaragoza y todo apuntaba a que vapulearían a los leones, pero la lógica no contó con el factor Iribar. Los Maños se pasaron los 90 minutos bombardeando la portería defendida por el de Zarautz. El público del Bernabéu presenció un recital de paradas de lo más variado. Iribar volaba entre los tres palos convirtiéndose en un muro casi infranqueable. El Zaragoza se llevó el título al imponerse a su rival por 2-0, pero mientras los maños daban la vuelta con el trofeo...

¡Iribar salía a hombros del estadio madrileño!

Iribar se caracterizaba por vestir una indumentaria muy peculiar de color negro, en honor a su ídolo la legendaria "Araña negra" Lev Yashin, maravilloso portero ruso. Por su semblanza que siempre transmitía serenidad, su imponente altura, grandes habilidades y peculiar vestimenta Iribar rápidamente se convirtió en un ícono de las masas dentro y fuera de Euskadi.

En la temporada 1969-1970 se convirtió en el portero menos goleado de la Liga española y recibió el Trofeo Zamora al recibir tan solo 19 goles en 29 partidos disputados. En su carrera guarda un lugar de privilegio tres momentos con la camiseta del Athletic, las 2 Copas conquistadas, en 1969, ante el Elche, y la otra en 1973, cuando el Athletic se impuso al Castellón. El tercer momento es el de la temporada 1976-1977, cuando el Athletic realizó un extraordinario torneo en Copa UEFA, perdiendo la final ante la Juventus de Turín. En esa misma temporada el Athletic llegó también a la final de Copa, en la que cayó ante el Betis en la tanda de penaltis donde Iribar y Esnaola se batieron en un duelo épico que terminó perdiendo "El Txopo" en muerte súbita. Por estas fechas Iribar llegaba a su partido 49 jugando con la Selección Española todo un récord en su tiempo, superando a la leyenda de Zamora.

Iribar siempre permaneció fiel al Athletic y tiene la increíble marca de vestir la camisa zurigorri en 614 partidos oficiales. ¡Récord que parece inalcanzable hoy en día!

Otra fecha histórica para el guardameta Gipuzkuano fue el 5 de Diciembre de 1976. El Athletic visitaba a la Real Sociedad y los capitanes de ambos equipos, Iribar y Kortabarria respectivamente, salieron al campo de Atotxa sosteniendo la Ikurriña aún ilegalizada por el Franquismo. Probablemente, el derby más emotivo del que se tenga memoria para el pueblo de Euskal Herria.

A finales de la década de los ‘70 cuando la Euskal Selekzioa volvió a la actividad futbolística con jugadores como Villar, Dani, Rojo, Zamora, Satrustegi, Kortabarria, Alexanco, Escalza y Arkonada el capitán del equipo no era nada más y nadie menos que el "Txopo".

Con el paso de los años, Iribar fue el primero que se daba cuenta del peso que debería soportar su próximo sustituto, fuese quien fuese. Por lo que "El Txopo" prefirió pasar su última temporada en activo como suplente. Helmut Senekowistch, técnico de los leones, aseguró que "Iribar es el mejor portero que tengo en la plantilla", pero "el Txopo" había decidido prestarle su último servicio al Athletic como jugador, preparando su sucesión.

Después de su retirada, pasó a engrosar el cuerpo técnico del club vizcaíno. Ascendió el Athletic B a Segunda A y se hizo cargo del primer equipo en la temporada 1986-1987 (la temporada que se tuvo que jugar el play-off del descenso). Iribar desde el banquillo demostró, como ya había hecho sobre el césped, sus conocimientos, su calidad humana y su amor por los colores del Athletic. Hoy en día es el entrenador de la Euskal Selekzioa y representante diplomático del Athletic en cualquier evento en el que le requiera el club.

Fue internacional con la Selección de fútbol de España en 49 ocasiones. Su debut como internacional fue el 8 de Abril de 1964 en el partido Irlanda 0-2 España. Su último partido internacional fue el 24 de Abril de 1976 contra Alemania Federal, con el resultado de 1-1. Fue el portero titular en la Eurocopa de 1964, donde España se coronó campeona.

Con la Selección española disputó la Copa Mundial de Fútbol de Inglaterra de 1966 jugando tres partidos contra Argentina, Suiza y Alemania Federal.

TRAYECTORIA

Jugador
C.D. Baskonia (3ª División) 1961-1962
Athletic Club 1962-1980 (614 partidos)

Entrenador
Categorías inferiores del Athletic Club de Bilbao 1980-1982
Bilbao Athletic 1982-1986
Athletic Club 1986-1987
Selección de fútbol de Euskadi a partir de 1999 y hasta la actualidad

PALMARÉS

Nacionales: 2 Copas del Rey (Como jugador, Athletic 1969 y 1973)
Internacionales: 1 Eurocopa (1964)
Subcampeón de la Copa de la UEFA (Como jugador, Athletic temporada 76-77).
Individuales: 1 Trofeo Zamora (Athletic Club, temporada 69-70).

(tomado de la página "Fútbol táctico")

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El primer arquero argentino en convertir 2 goles en un mismo partido, fue Ignacio González, del Racing Club de Avellaneda, cuando la Academia le ganó a Huracán 6 a 1, en un encuentro oficial disputado el 10 de Noviembre de 1996, en el estadio de Avellaneda.
Los dos goles convertidos por ‘Nacho’ González fueron de tiro penal, con una característica: potentes y al medio del arco.
El colega que sufrió ambas conquistas fue el guardavallas, aún vigente, Marcos 'Anguila' Gutiérrez.
‘Nacho’ González, surgido de las divisiones inferiores de Racing Club, se afianzó en la titularidad de la primera división cuando Carlos ‘Lechuga’ Roa fue transferido a Lanús.
La carrera de González prosiguió por varios equipos del exterior y de nuestro país, entre ellos Newell's Old Boys, Las Palmas de España, Estudiantes de La Plata, Pachuca de México, Nueva Chicago y Unión Española, de Chile.
En este último club, protagonizó un hecho lamentable cuando, en la temporada de 2005, Unión Española enfrentó a San Felipe. Ganaba San Felipe por 1 a 0 y, a poco del final, el árbitro Enrique Ossés amonestó al arquero argentino, quien protestó la tarjeta amarilla. Ello provocó que Ossés le mostrara la roja, hecho que exaltó a González, quien le aplicó al árbitro un trompis (foto) ante el estupor de sus compañeros, rivales y público en general.
A ‘Nacho’ González le dieron 22 fechas de suspensión, sanción récord en el fútbol chileno.

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Si juego bien y gano, es normal; si juego bien y pierdo, por lo menos obtuve un triunfo con el buen juego. En cambio, si juego mal y además pierdo, sufro doble derrota.

(FRANCISCO "Pacho" MATURANA, entrenador colombiano)

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La sensación de ver a Yuri Gagarin volar en el espacio es sólo superada por el disfrute de parar un penalti.

(LEV YASHIN 1929-1990, célebre arquero ruso, uno de los mejores de todos los tiempos, conocido como "La araña negra")

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El jugador de fútbol (Mauricio Zavala - México)


Jugar al fútbol y que te den dinero por ello está muy cerca de ser el sueño perfecto para la mayoría de la población masculina a nivel mundial. En las oficinas, cuando un empleado se siente atrapado entre cuatro paredes, no hay mejor solución que la de tomar cualquier cosa que pueda ser pateada y cerrar los ojos unos cuantos segundos para sentir que se está sobre una cancha de fútbol, pasando a segundo plano si el escenario es un campo de verde pasto o un auténtico lodazal.

El timbre que anuncia el receso en las escuelas primarias y secundarias no es sino la primera llamada para el enfrentamiento próximo a iniciar. Los parques públicos aún sin tener un calendario en toda forma saben que en la naturaleza del ser humano se encuentra el utilizar las horas supuestamente destinadas a la comida para disputar un cotejo apasionante y en el que los más desfavorecidos se olvidan de sus penas para volar como el más grande de los arqueros o para driblar al más puro estilo del más renombrado de los jugadores brasileños del momento. Pasar largos minutos pegado a ese mágico objeto redondo, patearlo y dejarte llevar por su seductora esencia es la ilusión de cualquiera, todavía más cuando recibes ingresos por ello.

Se dice que una cantidad considerable de quienes vamos a un estadio lo hacemos por el deseo de entregar, al menos por 90 minutos, nuestra responsabilidad de librar una batalla diaria en el talento y debilidades de once seres humanos. Quizás sin entenderlo del todo, cada futbolista carga sobre sus espaldas con la esperanza de cada uno de los seguidores que asistió a apoyarlo, además de las de otros tantos millones que siguen las incidencias de un cotejo a través de los diversos medios de comunicación. Y eso, permitir que otro hiciera maravillas con la pelota, es lo que yo permití hace algunos años, en los que me decidí a estar muy al pendiente de las andanzas de un jugador que se salía de la norma, que amaba al deporte más popular del planeta por encima de cualquier cosa.

El silbatazo inicial

Cuando menos me lo esperaba, y pensando que ya lo había visto todo en materia de fútbol, me topé con Juan Ramírez Bustos, hombre de baja estatura, de personalidad agradable para sus seguidores y con un talento natural para establecer un romance con la pelota. Ahí estaba él, sobre la cancha, dominando la redonda y disfrutando cada instante en el que el balón se convertía en una extensión de su cuerpo. Los ojos de nosotros, los aficionados, se negaban a parpadear con tal de no perdemos un solo detalle de lo que ocurría frente a nosotros.

Para abajo, para arriba; hacia la izquierda, hacia la derecha, de nuevo para arriba... y se viene el remate espectacular, la chilena letal con una dirección precisamente calculada para que el balón no vaya más allá de las peculiares redes. Incluso si quienes lo vimos hubiéramos tenido papel y pluma a la mano, nos hubiera costado trabajo diagramar cada uno de los movimientos realizados por uno de esos jugadores que en cuestión de segundos te atrapa para siempre y te obliga a volver al campo de juego.

La curiosidad hizo que, por separado, cada uno de los que observábamos su accionar investigáramos aún más detalles sobre él, pues hasta antes del partido que libró frente a nuestros ojos no había hecho absolutamente nada, ni siquiera existía en la inmensa masa de habitantes de la Ciudad de México.

Minuto 45

Días más tarde, aprovechando que gozaba de un tiempo libre, volví para disfrutar del espectáculo. No sabía si lo encontraría, pues es natural el temor a que una experiencia se convierta en rutina a partir de la segunda ocasión. Pero no fue así: disfruté, de nueva cuenta, sus malabares con la pelota y volví a desear sentirme tan libre como ese individuo al que le bastaba el talento con las piernas para ganarse la vida en las transitadas y contaminadas calles del Distrito Federal.

Ahí estaba él, con la de gajos en los pies y con un cronómetro incrustado en el cerebro para saber con exactitud cuándo debía comenzar su número artístico-deportivo y cuándo finalizarlo con el remate espectacular que llevaría el balón justo a la caja o a la cubeta que él utilizaba como destino final para un balón que ya no sufría al estar en las redes ficticias; prefería aguardar con paciencia a que el semáforo volviera a ponerse en rojo y así reanudar la acción.

De tanto pensar en el talento futbolístico de ese singular jugador, no atiné a darle la moneda que consideraba merecida para su talento. Bueno... en realidad la que podía darle, porque si tuviera que ver con auténticos merecimientos habría cambiado la recompensa de diez pesos por un billete de alto valor.

Curioso que de un día para otro me gustara ver el alto en el semáforo. Y varios más pensaban como yo, pues aunque no lo dijeran expresamente, la velocidad de los automóviles que conocían el espectáculo casi gratuito que estaban por ver disminuía radicalmente en esa cuadra en la que se mezclaba el amor por los deportes y la nostalgia de saber que grandes talentos deportivos se pierden entre la pobreza y la desigualdad que a diario azota a nuestro país.

Minuto 80

Confieso que nunca antes me había inquietado la idea de establecer una relación más estrecha con limosneros. La sociedad y el entorno nos enseñan a desconfiar de ellos, a pensar que son personas irresponsables que prefieren abrir la palma de la mano para exigir lo que ellos no son capaces de generar con su trabajo. Pero de muy poco me importaron los paradigmas y decidí entablar una conversación con Juan Ramírez. En esa primera plática, en la que él se mostraba algo apurado por seguir visitando a los automovilistas antes de que apareciera la señal de siga en el semáforo, fue como supe su nombre.

En los días siguientes, busqué cualquier pretexto para pasar por esa calle, ubicada al Sur de la mal llamada "Ciudad de la Esperanza". Estoy seguro que ustedes, como yo, saben que dominar la pelota no siempre es garantía de ser un jugador práctico y útil para los principios colectivos, por lo que no aguanté las ganas de preguntarle si jugaba partidos en algún lado. Y sí: lo hacía una o dos veces por semana, al igual que los futbolistas profesionales. Le pregunté dónde y así fue como supe cuál iba a ser mi lugar de destino el siguiente domingo por la mañana.

Llegué al lugar de la cita no pactada y noté, a golpe de vista, que no era el único que estaba siguiendo sus pasos. Un grupo nutrido de cerca de 50 personas se encontraba alrededor de la cancha de tierra en la que estaba por escenificarse una nueva batalla. Miré hacia uno y otro lado hasta encontrar a Juan Ramírez, quien había dejado de lado sus pantalones rotos y sus tenis polvorientos, para colocarse un uniforme blanquiazul de marca desconocida, más adelante sabría que esa indumentaria correspondía a los Coyotes, y unos tachones de fútbol que se veían desgastados y, casi con seguridad, malolientes.

Ya el tablero y sus piezas estaban dispuestos para que se produjera el pitido inicial. Los Coyotes y las Panteras se medían en un torneo que nunca pensé que llegaría a importarme; es más, hasta antes de toparme con Juan Ramírez ni siquiera contemplé la posibilidad de saber el nombre de una competencia destinada a perderse en el anonimato, tal como sucede con la gran cantidad de justas que no cuentan con una cobertura mediática.

A la distancia, escuché el sonido emitido por el silbato del árbitro para dar inicio a las hostilidades. Lo que a continuación presencié me dejó extasiado y con ganas de entrar al terreno de juego para ser uno más de los actores secundarios que engalanaban la enorme capacidad de esa persona que a diario viajaba con un balón para intentar ganarse la vida y lograr que los automovilistas que pasaran por su zona de trabajo se dignaran a darle unas cuantas monedas.

Fue en el primer cuarto de hora cuando el número diez de los Coyotes tomó la pelota desde la cintura del campo, se quitó a un par de hombres y enfiló hacia la medialuna, donde sacó imponente disparo para estremecer las redes y generar los aplausos de los presentes. El equipo rival tuvo más poder de respuesta que el que yo esperaba. Diez minutos después de que se abriera el marcador, un error del arquero blanquiazul permitió que los cartones se emparejaran.

El tiempo de la primera mitad se consumía. Ramírez había estado muy activo. Lanzaba pases a profundidad con precisión milimétrica y lo mismo driblaba con la pierna derecha que con la izquierda; sin embargo, el cancerbero de las Panteras aprovechaba la poca eficacia de la delantera oponente para congelar el peligro y así perfilar que su escuadra no se fuera perdiendo al entretiempo.

Y llegó el segundo chispazo, la jugada genial. Ya con el silbante mirando su cronómetro, apareció el limosnero mencionado para tomar la pelota en tres cuartos de cancha, quebrarle la cintura a un marcador, enfilar hacia línea de fondo y mandar diagonal retrasada para que uno de sus coequiperos simplemente empujara la pelota hasta el fondo de la malgastada puerta enemiga. Hora de ir a un descanso más breve de lo acostumbrado, pues el hombre de negro advirtió con la mano a los jugadores que debían apurarse para que el otro cotejo programado empezara sin alteración alguna.

La tentación de ir a saludar a quien en cierta forma se estaba convirtiendo en mi obsesión futbolística rondó mi mente. Lo medité y decidí que era mejor esperar a que concluyera el duelo. Además, por más buen jugador que fuera, me negaba a entablar una relación estrecha o de admiración hacia alguien que pedía dinero en la calle y que, con toda seguridad, tendría cualquier cantidad de vicios.

En cuanto iniciaron los últimos cuarenta y cinco minutos, me quedó claro que la misión del equipo contrario al de Juan consistía en golpearlo hasta que dejara de tener tanta movilidad. Y lo consiguieron, pues después de un destacado regate de izquierda a derecha, el número cinco rival le realizó una fuerte plancha al tobillo derecho. Ramírez se incorporó, pero a partir de ese momento -minuto 60 de tiempo corrido- no volvió a ser el mismo, aunque permaneció en el terreno de juego ante la inexistencia de sustitutos en el banquillo. Gajes del balompié llanero...

El panorama se ensombreció aún más. A falta de cerca de diez minutos para el desenlace, las Panteras empujaron hasta conseguir el tanto que devolvía la paridad al marcador. Entretanto, el objetivo de mi visita cojeaba notablemente y tocaba muy esporádicamente la pelota.

Un tanto decepcionado por el empate, reflexionaba sobre quedarme o no para charlar con el mejor futbolista ambulante que había visto en mi vida. Y así fue, en ese preciso parpadeo mental, en el que debió empezar a gestarse la más grande demostración de talento y capacidad que me haya tocado ver en vivo. Cuando yo reaccioné, la de gajos estaba en tres cuartos de cancha por la izquierda. El ocho de los Coyotes engaño a su marcador con un pique fingido hacia el centro para de inmediato profundizar por el mismo carril y mirar con fugaz velocidad hacia el área. A primera vista, pensé que la de gajos iba hacia el rematador que se encontraba colocado por el área penal. Pero no... la pelota iba más atrasada, hacia un jugador que cojeando iba hacia ella. A continuación, Ramírez, ante lo difícil de rematar de volea, se colocó de espaldas y desafió las leyes de la gravedad al suspenderse en el aire y conectar con pierna zurda un balón que terminó incrustándose en el ángulo superior izquierdo de la meta enemiga. No hubo tiempo para más. Todos, incluido el arbitro, queríamos irnos con esa épica estampa futbolera, con esa imagen que de haber sido realizado entre equipos profesionales habría quedado guardada para siempre como una de las más hermosas en la historia del balompié.

Minuto 90

Esperé a que la gente se dispersara y a que la atención se centrara en el enfrentamiento que estaba por comenzar. Seguí con la vista a Juan Ramírez, quien solamente se había limpiado el sudor con la misma toalla con la que lo hacía en el día a día en su vida de limosnero y tomado una bolsa de plástica en la que llevaba su balón y sus tachones, de los cuales ya se había despojado para volver a sus polvorientos tenis. Le fui dando alcance de a poco hasta que él mismo disminuyó la velocidad. Lo felicité por el partido y le pregunté por qué no iba a probarse a un equipo profesional. Se limitó a esbozar una sonrisa y a apurar el paso, como si tuviera algo de prisa. Lo dejé de ir, pero después de que el diera dos o tres pasos, volví a llamarle al tiempo que, impulsado por el sentimiento natural de un aficionado que tiene a un ídolo sobre el campo de juego, sacaba los dos únicos billetes de quinientos pesos que traía en la cartera y se los ofrecía. Sus palabras me dejaron una lección de vida, de amor al arte. "Gracias, pero no se lo voy a aceptar. Yo no quiero ser profesional, no quiero ganar montones de dinero. Sólo quiero jugar y tener lo elemental para vivir. Pido cinco o diez pesos a la gente, pero nada más, porque lo demás me lo da el fútbol".

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Los uruguayos Ángel Romano y José Piendibene y el chileno Sergio Livingstone figuran entre los nombres para el recuerdo de la Copa América. Piendibene fue el autor del primer gol del torneo, anotado al chileno Manuel Guerrero el 2 de Julio de 1916.
Por su parte, Ángel Romano (Uruguay) es el futbolista que más títulos ha ganado: cinco (1916, 1917, 1920, 1924 y 1926) y el que más torneos ha disputado: ocho (1916, 1917, 1919, 1920, 1921, 1922, 1924 y 1926).
El ex arquero chileno Sergio Livingstone (foto) tiene el honor de ser el jugador que ha participado en más partidos: 34 partidos entre 1941 y 1953.
Siguiendo con los números, la mayor goleada se produjo en Uruguay 42. Argentina derrotó a Ecuador por 12-0; mientras la mejor media goleadora la tiene Brasil, que en 1949 logró 48 goles en 8 encuentros, a una media de 5,75 por partido.

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